El Niño Feliz , por Dorothy Briggs. Resumen


RESUMEN DEL LIBRO

El respeto sólido por uno mismo se funda en dos convicciones principales: soy digno de que me amen, importo y tengo valor porque existo, y soy valioso, puedo manejarme a mí mismo y manejar lo que me rodea, con eficiencia, sé que tengo algo que ofrecer a los demás.

La clave del éxito de los padres es ayudar a los niños a sentirse cómodos siendo ellos, que no es engreimiento.

Para conseguir ese éxito, debemos tener en cuenta que os adultos somos espejos para los niños, donde aprenderán a crear su propio yo. Cada niño se valora tal como ha sido valorado. Cuando el niño forja su autoestima, hay que tener cuidado con los juicios que acompañan nuestras palabras, el lenguaje corporal habla siempre más alto que las palabras. Toda identidad positiva se articula en experiencias vitales positivas.

Los niños buscan una imagen de si mismos de capacidad y fuerza, y ajustan la conducta a su autoimagen. La forma en que actúa un niño nos muestra si se encuentra en una posición fuerte o débil. Si se considera incapaz en un aspecto espera fracasar y actúa sin seguridad. Debemos enseñarle a actuar pensando en conseguir su meta, no en fracaso. Así actuará con seguridad y mejorará sus resultados.

Cuando los niños no logran desarrollar el respeto por sí mismos, emprenden caminos distintos sobre la base de tres posibilidades, a saber: erección de defensas (elaboración de diversas cubiertas para los sentimientos de ineptitud), sumisión (aceptación de la ineptitud como hecho y comienzo de una vida de autoanulación) y retracción (retiro a un mundo de fantasías para contrarrestar los rechazos que sufren). Las defensas se colocan en torno a las debilidades, no de la fuerza y la aptitud. Estas máscaras se emplean para ocultar un “yo sin valor”. Aplastar la autoestima de los niños les impide el crecimiento positivo; de hecho, fomenta el desarrollo distorsionado y defensivo. Estas defensas alejan a los demás, y le dejan insatisfecha su necesidad de recibir reflejos positivos.

Si el niño no tiene una buena imagen de si mismo, ignora o rechaza los reflejos que no concuerden con esta imagen, porque debe ser coherente consigo mismo. La baja autoestima se encuentra ligada con el planteo a uno mismo de exigencias imposibles de cumplir. La baja autoestima rígida es el resultado de la acción de muchos factores negativos durante mucho tiempo.

La inexperiencia, las normas, los conflictos no resueltos, nuestras necesidades insatisfechas y nuestros valores culturales, los transformamos en expectativas. Las expectativas que tenemos sobre los niños se transforman en varas con las que los medimos. Ellos rara vez las ponen en tela de juicio, pero dudan de su propia aptitud personal. La confianza del niño en sí mismo debe referirse a lo que él es realmente, no a las imágenes de los demás. Si el niño siente que no cumple con lo que esperamos de él, pierde el respeto por sí mismo. Deberíamos basar nuestras expectativas sobre el desarrollo del niño, la observación alerta y la sensibilidad respecto a las presiones sufridas por los niños. Hay que revisarlas a menudo.

Los verdaderos encuentros son atención concentrada que el niño necesita para sentirse amado. El exceso de atenciones materiales, la sobreprotección, las expectativas fuera de lugar… no le transmiten amor al niño. Si nos mostramos preocupados y distantes ellos lo ven como falta de amor. Solo puede sentirse digno de que lo quieran si le dedicamos el tiempo necesario.

La base de la seguridad es la confianza. Cualquier relación positiva necesita honestidad. Si el niño no cuenta con nuestra ayuda, no podrá acudir a nosotros para satisfacer sus necesidades. Deben coincidir nuestras palabras y nuestro lenguaje corporal. No debemos mostrarnos como súper personas frente al niño, somos humanos y debemos mostrárselo.

La culpa, o juicio negativo, constituye el núcleo de los desórdenes emocionales y de la baja autoestima. La seguridad también requiere que desaparezcan los juicios. Hay que reaccionar a la conducta del niño, pero omitiendo juicios. Debe poder verse como persona independiente de sus actos.

Los niños sobreviven en la aceptación, pero no crecen en ella. Se necesita aprecio, demostrado con respeto. No debemos tratarlos con menos respeto por ser pequeños, debemos tenerlos en la misma consideración que si se tratase de un adulto. Debemos apreciar lo exclusivo del niño.

En general y sin darnos cuenta nos negamos a dejar que los niños sean dueños de sus sentimientos. Les negamos que estén sintiendo algo o les comunicamos que esa emoción es incorrecta. En consecuencia, la seguridad psicológica se resiente al negar la propiedad de los sentimientos.

El respeto por los sentimientos del niño forma parte del respeto por su integridad. No debemos pedirle que renuncie a la propiedad de sus experiencias personales internas, por eso, solo le quedará reprimirlas y fingir, porque los sentimientos no se inclinan ante las órdenes.

Sin embargo, la conducta necesita que se la limite, debemos ofrecer libertad para sentir, no para actuar. De todas maneras es difícil permitir a los niños alentar sentimientos que a nosotros nos enseñaron como inaceptables. El niño entiende que ser aceptado depende de que sienta igual a sus padres, y su originalidad y seguridad se ven amenazadas. El respeto por la separación prueba nuestro interés. Hemos de dar lugar a las diferencias sin retirar nuestra aprobación. La manera de ver y sentir de cada uno no es la única, debemos respetar y aceptar que hay otros puntos de vista sobre el mismo tema. Si uno necesita que los demás convaliden sus puntos de vista es que algo no va bien en su autoestima. Necesita que otro crea lo mismo para convertirlo en aceptable.

Cuando un niño se enfada y le mandamos a su habitación, nos negamos a tratar con él en ese estado, le hacemos ver que invita al rechazo con su exhibición de sentimientos malhumorados. Las emociones negativas intensas crean tensiones intensas, pero nosotros negamos nuestra ayuda constructiva cuando el niño más lo necesita. Les alejamos de nosotros, y si no somos capaces de aceptar los sentimientos del niño, él aprenderá a rechazarlos. Cuando sentimos emociones negativas, necesitamos que se nos oiga con comprensión, que el otro se ponga en nuestro lugar. No queremos que nos digan que nuestros temores no tienen razón de ser. La comprensión es lo que nos da seguridad y consuelo. Para ello, es necesario que el otro se muestre de forma empática, que nos comprenda desde nuestro punto de vista. No se trata de coincidir o no con nosotros, sino de comprender sin juicios. Empatía supone no tratar de modificar los sentimientos del niño, no intentar ver por qué siente eso. Se limita a captar todos los matices de sus sentimientos. Es necesario para que el niño alcance el verdadero autorrespeto.

A veces tememos que las regresiones temporarias que hacen los niños detengan su crecimiento. Tratamos de forzarlos a que no retrocedan y si se estancan no nos fijamos en el entorno sino en ellos mismos. Cada niño tiene su propio ritmo de crecimiento y debe ser respetado. El crecimiento no es un camino recto y sin pausa, a veces volvemos a tras para reafirmarnos, vamos adelante y atrás en el camino, es un movimiento de expansión y contracción. Crecer es renunciar a lo viejo. Entre seguridad y crecimiento, nos pesa más la seguridad. La posibilidad de retroceder nos hace más fuertes para avanzar.

Muchas veces actuamos bajo una paradoja preocupante: tratamos los sentimientos de los niños justo como no queremos que nos traten a nosotros. Frenamos los sentimientos de los niños. Si no nos mostramos comprensivos, si no damos lo que anhelamos para nosotros, si les damos instrucciones de lo que deben y no deben sentir, no podrán abrirse a nosotros en próximas ocasiones. Nos enseñaron a no aceptar los sentimientos negativos, y al no expresarlos adquieren un poder destructivo, que desaparece en cuanto somos conscientes de ellos y podemos expresarlos. Si no, les obligamos a disminuir su autoconcepto y reprimir sus verdaderas emociones. Así, esos sentimientos conspiraran contra la salud física y mental. Si queremos que los niños nos muestren lo que sienten sin miedo, hemos de ser oyentes activos y enseñarles a desahogar los sentimientos negativos, para evitar los actos negativos que causaría el reprimirlos. Si no les permitimos expresarlos de forma correcta, minamos su autoestima.

La ira nos indica un sentimiento anterior. Si comprendemos que la ira es el resultado de otro sentimiento (miedo, frustración, celos…) la podremos comprender mejor y no responder con más ira. Si aceptamos la ira con atención activa, los niños nos conducen al sentimiento subyacente. Debemos preocuparnos si el niño muestra ira de forma continuada y habitual: debe haber un problema detrás. Asegurémonos de que le brindamos encuentros seguros. Para poder trabajar con la ira de los niños debemos saber trabajar con la nuestra propia. Así descubriremos que las pataletas no son más que pérdidas de control y de frustración extrema, exteriorizada de forma incorrecta. De nuevo, limitemos los actos, no los sentimientos. Hay que fijarse en los signos indirectos de la ira, que van desde el sarcasmo a la depresión, entre otros. Si conseguimos aceptar la ira del niño, éste no usará salidas indirectas o represión.

Los celos son algo inevitable, todos hemos sentido celos alguna vez, y los seguimos sintiendo de vez en cuando. Todo niño quiere ser el favorito en todo, frente a otra persona. Lo que esconden es un sentimiento de desventaja. Si sufre presiones se sentirá menos apto en general y se facilitan los celos. La naturaleza de la vida familiar presenta desventajas en cualquier ámbito. Pero los celos les enseñan a que no pueden recibir atención exclusiva ni gozar de todas las ventajas. Todo niño se lleva mejor con los demás si tiene una autoestima adecuada, quien se autorrespeta es celoso menos a menudo. Los celos se crean con favoritismos, comparaciones… si usamos al niño para cubrir nuestras necesidades y cumplir nuestras expectativas, le haremos inseguro y celoso. Si observamos un niño dependiente, con regresiones, con demandas materiales… estamos ante un niño con celos encubiertos. Debemos ayudarle a que los exprese, para sentirse comprendido y no defraudado.

La curiosidad es innata en el niño. Aprende si es seguro aprender, pero algunos aprenden desde muy pronto a no aprender. ¿Cómo? Les enseñamos que explorar es peligroso. Debemos apoyar sus exploraciones, debe sentirse seguro para preguntar y descubrir. Debemos brindarle experiencias de primera mano, lenguaje amplio y correcto, problemas y soluciones. Debemos evitarles impedimentos físicos, insatisfacción emocional, sentimientos reprimidos, presiones de metas no realistas, enseñanza inadecuada… Un encuentro seguro le motiva para aprender, para mantener fuerte su autoestima y su creatividad.

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